sábado, 10 de noviembre de 2007

naturaleza

Sin duda, lo mejor del día ha sido volver a saborear el campo. Aaaajjjjjjjjjjrrrrrrrrrrr!!!!!!!!!!!!!!!¡Qué guay! Sabes lo que quiero decir, ¿no?
Hace unos años me obligaba a buscar uno o dos huecos a la semana (entre semana) para darme una escapadita a unas tierritas en el campo. Aunque tenía que madrugar mucho lo hacía con gusto, porque me sentía arraigada a la tierra, notaba cómo brotaba la vida al comenzar la mañana. Era una inyección de oxígeno para todo mi ser.
Por diferentes circunstancias no pude continuar con esta sanísima costumbre para cuerpo y alma, pero he intentado desde hace tiempo volver a retomarlo.
Hoy tuve la oportunidad por pura casualidad de volver a sentirme igual que hace tiempo. Me dio mucha paz, fue genial.
De verdad, trabajar en el campo es muy duro, sobre todo físicamente. Claro, yo no he vivido lo que nuestros antepasados. Veo y percibo el contacto con la tierra como algo idílico, algo a lo que me acerco sólo cuando tengo oportunidad.
Pero, ¿sabes qué? Quizá precisamente por eso es por lo que soy capaz de valorarlo más que el que se encuentra cara a cara con la tierra, el que la tiene como único trabajo y llega a verla como una rutina. En realidad estas cosas suceden con todo, pero hoy lo he experimentado con la naturaleza y quería compartirlo. Eso es todo.

1 comentario:

Marramad dijo...

El campo es la raíz al que nuestra alma tira, es de donde todos provenimos (no sólo por tener familia allí) y adonde vamos a parar tarde o temprano.
Yo, que vivo en la jungla de asfalto, no puedo sino agradecer hasta la saciedad a los míos, que me criaron en un ambiente casi campestre. Gracias a ello puedo apreciar el olor a tierra mojada y a estiércol (incluso, algo tan primigenio) como algo cercano a lo divino...